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¿Dos islam o uno solo?

por Michel Wieviorka   /   publicado en La Vanguardia

El islam no goza de buena prensa en Europa. Suscita inquietud y se siente como si constituyera una doble amenaza, exterior e interior. Desde fuera, en efecto, parece que se restrinja a los peores actos de violencia: ayer, la revolución iraní con sus prolongaciones que alcanzan mucho más allá de Oriente Medio; hoy, el terrorismo sin fronteras de Bin Laden o incluso la terrible espiral del terrorismo y el contraterrorismo argelinos y sus prolongaciones en otros países. Y, desde dentro, el islam es crecientemente un sinónimo de mezcla –insoportable– de violencia social y de cuestionamiento insidioso de nuestros valores e instituciones. Según esta perspectiva, los musulmanes serían irreductiblemente diferentes, incapaces y, por otra parte, renuentes a encontrar su lugar en el seno de las sociedades que les acogen y en las que se despliega su práctica religiosa. Además, el islam no solamente –desde este punto de vista– constituiría un desafío cultural letal: engendraría o sería vehículo de delincuencia y criminalidad: las “clases peligrosas” se encarnan de modo creciente, en el universo simbólico de varios países de Europa, en la figura del joven musulmán procedente de la inmigración. Este miedo al islam cuenta con cierto fundamento, pero constituye a la vez un fenómeno con frecuencia asociado al racismo, a un racismo que presenta el rasgo esencial de ser “diferencialista” –como dicen los especialistas: el que tiende a rechazar la alteridad, a mantenerla a distancia, a expulsarla y a destruirla más que a menospreciar y sobreexplotar a quienes son su objetivo–.

En este contexto, lo que acaba de producirse en Turquía merece que se le preste atención. El reciente triunfo del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AK Parti), y a continuación, sobre todo, sus primeros gestos políticos han vuelto a impulsar los debates, de primera importancia, relativos al ingreso de este país en la Unión Europea. En los años noventa, los islamistas turcos se mantenían a distancia de la Unión Europea, a la que se mostraban más bien hostiles; recordaban las exigencias de la ley coránica, cuya estricta aplicación imposibilita la economía de mercado. Y, por si hubiera habido alguna duda sobre la radicalidad de sus orientaciones, su dirigente Necmettin Erbakan, al planear uno de sus primeros desplazamientos después de ser elegido en 1996, decidió visitar la Libia de Gaddafi. Ahora, el reciente vencedor de estas elecciones, Recep Tayyip Erdogan, visita las capitales europeas y defiende el ingreso de su país en la Unión Europea; da pruebas de una gran apertura a la economía de mercado y se rodea de responsables formados en las mejores universidades norteamericanas. De modo que la argumentación de Valéry Giscard d'Estaing, que rechaza la hipótesis de una posible integración de Turquía en la Unión Europea, se presenta como una postura que no se ajusta a la realidad, al menos si de juzgar a Turquía se trata: no hay peligro de que el poder se convierta un día en este país en un poder islamista, porque ya lo es. Hay que tener en cuenta que los islamistas se muestran y comportan allí como todo lo contrario de un peligro para Europa: en su conjunto, estos musulmanes dedicados a los negocios dan muestras de ser singularmente pragmáticos y responsables, abiertos, deseosos de participar en una Europa democrática y capaz de modernizarse. El problema no asoma del lado de Turquía, sino más bien del lado de Europa.

Esta cuestión proporciona materia de reflexión, y mucho más allá de la discusión sobre el posible ingreso de Turquía en la Unión Europea. Los islamistas turcos, hoy en el poder, no son mulás fanáticos o combatientes, no se aprestan al choque de civilizaciones previsto por Samuel Huntington y al que Bin Laden ha dado forma. Son incluso, en ciertos aspectos, mucho menos integristas en sus conductas que los sostenedores puros y duros de la República turca que no vacilaron, en un reciente pasado, en hacer uso de la fuerza armada e incluso de la tortura para mantener el régimen. Sus dirigentes no son ayatolás corrompidos y, en su conducción de los asuntos económicos, en sus actividades de gestión, como por ejemplo a la cabeza del Ayuntamiento de Estambul, se comportan, ciertamente, de manera mucho más correcta que muchos dirigentes de grandes empresas norteamericanas. Rechazar a Turquía fuera de Europa equivale a rechazar a un país democrático cuyas orientaciones políticas principales, en la actualidad, no son más sorprendentes que las que en otros lugares pueden proponer formaciones políticas de naturaleza democristiana.

Y si el mensaje que nos dirige Turquía es tan importante, ello se debe también a que aporta una contundente respuesta a los prejuicios de las sociedades europeas acerca del islam. La idea de una incompatibilidad radical, irreductible, entre los valores de los musulmanes y los de la sociedad occidental –la democracia, el individualismo moderno, la economía abierta– no se corresponde efectivamente con la Turquía contemporánea. ¿Quién puede afirmar, vista y conocida la línea de actuación de los nuevos dirigentes turcos, que todos los musulmanes son iguales, que todos son en definitiva más o menos integristas, fundamentalistas, propensos a la defensa de tendencias radicales que sólo pueden conducir al terrorismo? Los nuevos dirigentes turcos muestran que el islam sabe sacar partido de la democracia, respetarla, enriquecerla; que es posible ser musulmán y moderno; combinar la fe musulmana con el respeto –más allá de la economía de mercado– de los valores universales: el derecho, la razón. Es verdad que tanto el electorado como el aparato del AK Parti abrazan en su seno elementos más radicales que otros y no constituyen un todo homogéneo; sin embargo, en conjunto y en lo fundamental se trata de un mensaje totalmente opuesto al que representan las actitudes de ruptura que nos transmite su concepción del islam.

Lo cierto es que, ya en los años ochenta y noventa, constituía una falacia la pretensión de ver en el menor de los “foulards” una amenaza para el Occidente moderno y, en todo joven procedente de la inmigración árabe-musulmana, un delincuente o un terrorista en potencia. Y Argelia, por su parte, ya no estaría donde está si las autoridades argelinas, en su día, hubieran aceptado democráticamente el veredicto de las urnas el mes de junio de 1990 y, sobre todo, de diciembre de 1991, que concedían la mayoría a islamistas no todos tentados por las conductas extremistas. Un islam popular, introducido a gran escala en la sociedad, puede perfectamente alejarse de toda tentación radical y abrir al país donde florece la vía de la modernización política y económica, y afirmarlo no impide evidentemente formular reservas y mantener un espíritu crítico. No entenderlo así equivale a ser ciego ante la extraordinaria experiencia que vive la Turquía actual. Equivale, asimismo, a mostrarse incapaz de ver cómo, en el seno de la Europa occidental, hay musulmanes que se esfuerzan en participar plenamente en los asuntos de la vida pública, de forma enteramente democrática. Equivale a no admitir que pueden legítimamente, como otros, afirmar una identidad religiosa al propio tiempo que forman parte de la vida política, social y cultural del país en que viven. Es quizá incluso empujarlos hacia una radicalidad que no es la suya propia de origen pero que los prejuicios y sospechas de amplios sectores de la población le imputan de hecho. Los sociólogos conocen perfectamente este mecanismo, que denominan “una profecía autorrealizadora”: a fuerza de decir de los musulmanes que su religión es incompatible con nuestros supuestos valores, se empuja a algunos de ellos, precisamente, a adoptar las ideas y las conductas destructivas de las que hasta ese momento se les acusaba sin mucho fundamento. A fuerza de decir que no tienen su sitio en nuestra sociedad –mientras se habla de integración, de igualdad y de fraternidad– se incita a algunos de ellos a revolverse contra esta sociedad, que no mantiene sus hermosas promesas. Es absurdo e irresponsable cerrar los ojos frente al terrorismo que invoca el islam. Pero también es igualmente absurdo e irresponsable hacer de él el alfa y omega de la totalidad del islam.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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