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Hambre en el granero

por Santiago Palacios   /   publicado en La Vanguardia

Cuando se cumple un año de la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, la crisis que desde hace décadas padece Argentina queda plasmada en las imágenes de niños desnutridos. Es la terrible paradoja del hambre en el “granero del mundo”.

Todos los días llegan puñados de familias al acceso norte de Resistencia, la capital de la provincia de El Chaco, en el norte argentino, donde unos pocos viven bien por el cultivo del algodón. Bajan de autobuses, camiones, camionetas o vagones de carga. Algunos arriban tras caminar cientos de kilómetros, incontables, y desembarcan con bultos, trastos y una inevitable hilera de niños. “Peor que de donde venimos no vamos a estar. Aquí por lo menos hay basura para rebuscar”, asegura Juan Gómez, que llega junto a su mujer y sus siete hijos.

Esas migraciones iban antes al gran Buenos Aires o al gran Rosario, pero esas regiones ya están saturadas de gente y de pobreza. Ahora se instalan en el perímetro de un vertedero y viven de los restos y de sus ventas, que les dejan unos 30 centavos de dólar por día, con los cuales –créase o no– subsisten.

En Argentina, el llamado “granero del mundo”, hay hambre. A pesar de las cosechas y exportaciones récord de grano, carne y alimentos, la pobreza sacude a 20 millones de argentinos. Y no es la pobreza el rostro mas terrible y trágico de la decadencia y de la crisis: mueren también muchos niños por desnutrición, más de lo que se conoce y no sólo en Misiones (al norte, en el litoral) y Tucumán (en el corazón norteño), pese a las cifras estremecedoras y las duras imágenes de televisión.

Misiones y Tucumán han tenido resonancia porque se han convertido, hasta ahora, en el escenario de las peores tragedias, pero hay infinidad de retratos sociales lacerantes. Mendoza es una de las provincias por tradición más ricas, repleta de viñedos y productora de vino de altísima calidad. Pero fuera del casco urbano próspero también asoma la indigencia. En un gran descampado de polvo y montículos de arena, a sólo media hora de la ciudad, con una gran fosa que sirve de vertedero, hay un asentamiento de miseria de donde ya han salido este año 112 niños desnutridos atendidos en el hospital de Puente de Hierro.

Tampoco nadie hubiera pensado tiempo atrás que en Córdoba, un polo industrial por excelencia, pudiera pasar lo que está pasando. La prensa local informó días atrás de que dos gemelos de tres años, de la localidad montañosa de Alta Gracia, padecen “desnutrición grave y avanzada”. Son una familia de padre, madre y nueve hijos que soportan el hambre y sólo habían tomado agua durante una semana. Los médicos describieron el estado de los gemelos como de “debilidad pronunciada”, con “falta de tonicidad muscular, sin fuerza siquiera para incorporarse”.

Pese a los planes sociales comandados por Chiche, la esposa del presidente Eduardo Duhalde, que han ayudado a evitar un nuevo estallido social en el país, la desnutrición infantil crece de manera galopante y obliga a tomar una conciencia colectiva que antes no existía. Pero la muerte de niños por falta de comida no es una novedad en Argentina, así lo reflejan las estadísticas de la Sociedad de Pediatría: durante la década de los noventa, cuando se produjo el fin de la inflación y el influjo modernizador de Carlos Menem, la muerte de niños por desnutrición osciló entre los 125 y 150 casos por año. En el 2000 trepó a 175 casos y, aunque no hay aún cifras oficiales, el sentido común indica que la situación, por el incremento del paro y la pobreza, se ha agravado.

En las provincias del norte, como Formosa, la pobreza supera el 80%. Y en Tucumán, Salta o Jujuy ronda entre el 65% y el 75%. En el gran Buenos Aires golpea a más del 60% –casi seis millones de personas– y en la capital envuelve al 20% de los porteños. Según una encuesta del 2002 del Banco Mundial, en las áreas rurales la pobreza es del 72,6%. El mayor peso de esa pobreza recae en los niños: los menores de 14 años que viven en hogares pobres suman 7,5 millones; es decir, el 74,3% de la población. Los niños dejaron hace mucho de ser los privilegiados en Argentina, como proclamaba el histórico eslogan acuñado por el peronismo y por su líder, Juan Perón.

Treinta años de crisis
Hasta mediados de los setenta, la pobreza era una cuestión marginal en Argentina, aunque ya comprendía al 8% de la población. En los 80, empezó a escalar hasta el 20% por el brusco proceso inflacionario. Y pegó un brinco con la hiperinflación de Raúl Alfonsín en 1989. A partir de 1991, los ingresos de la población tuvieron una mejora por la baja de la inflación y el boom del crédito. Pero esta bonanza duró sólo hasta 1994: desde entonces la situación empeoró de forma paulatina y las diferencias entre ricos y pobres alcanzó la plenitud actual.

Después vino el desmadre con una recesión económica que se instaló en todo el país hace ya cuatro años, agravada con la quiebra institucional de diciembre del año pasado, que significó la caída de Fernando de la Rúa, con el peso de la deuda externa y la suspensión de pagos, con una devaluación impulsada por el gobierno de Duhalde que orilló el 300%, con una inflación que llegó al 40% y una caída del PIB que se estima para el 2002 en un 14%.

Ese derrame brutal de pobreza es el que ha transformado a Argentina en una fábrica de postales dramáticas. Guaraní bien puede ser una de ellas: está en el centro de la provincia de Misiones, y de sus 2.000 habitantes, el 90% vive por debajo del umbral de pobreza. Allí no funciona ningún comedor comunitario, porque los fondos se terminaron hace varios meses y el desempleo es una plaga. En los tiempos de apogeo, Guaraní supo tener 54 secaderos de mate, pero la crisis dejó en pie a sólo seis.

Los que trabajan ganan 70 dólares al mes. Y suelen ser padres de familias con más de seis hijos. La directora de la Unidad Sanitaria –no hay allí hospital–, Sonia Aguirre, tiene censados a 105 chicos desnutridos. Uno de ellos es la pequeña Nesy Isabel González, de seis años y menos de nueve kilos, paralítica, que sólo tolera leche en su estómago. Sonríe tristemente con los dibujos animados apenas visibles en un televisor en blanco y negro.

En el hospital Niño Jesús, de San Miguel de Tucumán, no hay televisores ni otros ruidos, como no sean los quejidos de su numerosa población infantil. El edificio fue inaugurado en 1959, y desde entonces ha tenido sólo la manutención mínima. El periódico “Página 12” recordó hace días algo que muy pocos recordaban: en 1983, en los estertores de la dictadura, salieron de ese mismo hospital las imágenes de niños desnutridos que eran exhibidos como las víctimas de una etapa de exclusión y sangre. De allí, casi 20 años más tarde, salieron también las fotografías de otros niños desnutridos que dieron la vuelta al mundo y recordaron que Argentina tiene un viejo problema pendiente.

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