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La guerra contra la vieja izquierda de Occidente

por Marcos Roitman Rosenmann   /   publicado en La Jornada

La mayoría de los nacientes movimientos políticos y sociales populares reivindican para sí el adjetivo nueva izquierda. Levantan la voz para protestar contra la degeneración ecológica del planeta y denunciar la creciente desigualdad entre el primer y el tercer mundos. Contra el neoliberalismo, otro mundo es posible. Su crítica se extiende al quehacer de la llamada vieja izquierda, tildada de dogmática e identificada con prácticas políticas sectarias y vanguardistas.

El imaginario social de la "vieja" izquierda se encarna en los partidos comunistas y anarquistas, sindicatos de clase y organizaciones de la llamada izquierda radical, escisiones de los partidos comunistas tradicionales. En el tiempo histórico se entiende por vieja izquierda el conjunto de organizaciones, prácticas políticas y concepciones teóricas articuladas desde fines de los siglos xix y xx hasta la década de los 80. La acción de la socialdemocracia y sus gobiernos en España, Francia, Grecia, Portugal, Alemania, Italia, Venezuela o Costa Rica, acusados de corrupción y con dirigentes en la cárcel, o simplemente olvidados, no se considera parte de la vieja izquierda. Ellos responden a la degeneración de la nueva izquierda anticomunista. Su acción de gobierno, afincada en el neoliberalismo, los ubica en otras coordenadas.

La vieja izquierda, sobre todo partidos comunistas y anarquistas occidentales, han sido sometidos al acoso y crítica permanentes desde sus orígenes. Pocos recuerdan su peso en las luchas por la democracia y la adquisición de derechos sociales y políticos de las clases explotadas y dominadas, amén de su participación en la batalla contra el fascismo y el nazismo en los 30 y 40 del siglo xx. Muchos prefieren hablar de las degeneraciones y aberraciones del poder cometidas en los países del este, en especial en la Unión Soviética durante el estalinismo, como parte de la historia de la vieja izquierda en Occidente. La idea del comunismo internacional y la conspiración se alzan frente a un análisis riguroso y crítico de las relaciones entre el Partido Comunista de la Unión Soviética, los partidos comunistas occidentales y el conjunto de la izquierda mundial. Fue bajo el pretexto de la amenaza del comunismo internacional que, tras el triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, se decidió aislar a los partidos comunistas occidentales promoviendo pactos secretos entre socialdemocracia, democracia cristiana y derecha liberal y conservadora para frenar su avance y evitar su entrada en los gobiernos de la nación, estratagema impulsada por Estados Unidos, cuya aceptación se tradujo en el generoso Plan Marshall. La OTAN es otra historia.

Sin embargo, la desarticulación ideológico-política y teórica de la vieja izquierda hubo de esperar hasta la década de los 80. Las críticas durante este periodo provienen de la derecha y el poder, cuestión "natural", pero también de la izquierda nacida a la luz del rechazo al modelo soviético. Los nuevos intelectuales agrupados en el existencialismo y la generación de 1968, representada genéricamente en el Mayo francés, son su referente. La denuncia de los Gulag, la nomenclatura y las formas despóticas de ejercicio del poder en los países del este y la Unión Soviética fue decantándose hacia una crítica global del comunismo y el socialismo. A fines de los 70, bajo el epíteto de socialismo realmente existente, se agrupaba el conjunto de prácticas políticas degenerativas de los principios del socialismo. La nueva izquierda occidental pasaba a definirse desde la socialdemocracia de posguerra y la Internacional Socialista. La izquierda comunista no tenía salida: o se reciclaba o quedaba etiquetada como estalinista.

Los 80 proyectan un mundo bipolar sin trincheras. La era Reagan se inaugura con el fin de la distensión pacífica y el auge de la disuasión activa. La estrategia del poder suma cero se adueña del Pentágono. Conflictos y guerras de baja intensidad aparecen. Revertir procesos, apoyar oposiciones anticomunistas, desde Afganistán hasta Nicaragua, es la consigna. El Irán-contra, la invasión a Granada, la articulación de la UNO en Nicaragua y el apoyo a gobiernos contrainsurgentes en El Salvador, Costa Rica o Guatemala, así como el mantenimiento de las tiranías en el Cono Sur, son buen ejemplo de la nueva estrategia estadunidense. El anticomunismo se adueña de todo el discurso. La lucha es total. La guerra llega hasta las galaxias.

La experiencia soviética y del este de Europa pesaba como una losa en la izquierda occidental; todo esfuerzo por distanciarse sería insuficiente. Fue el anuncio de la llamada crisis de la izquierda. El debate teórico-político e ideológico quedó subsumido bajo el fantasma de la disolución de la izquierda comunista. Desde todos los rincones se alzaron voces pidiendo la muerte de los partidos comunistas en Occidente. Era el pago exigido para renacer como ciudadanos libres y sin pecado concebidos. Tras la caída del Muro de Berlín y la desarticulación de la Unión Soviética, la crisis es total. Muchos militantes de izquierda en Occidente no soportaron la presión de los acontecimientos. La idea de derrota y frustración se adueñó del pensamiento. La fuerza y el orgullo de ser de izquierdas o militante comunista en los 60 y 70, defensores de luchas democráticas y el socialismo, se transformó en deshonra acompañada de fuerte sentimiento de culpa.

La guerra declarada a la izquierda comunista, vieja izquierda o izquierda tradicional, empezaba a rendir frutos. Las voces en su contra desarticulaban todo proyecto de cambio social alternativo al capitalismo trasnacional. La era de la globalización abría un nuevo escenario mundial en el que la nueva izquierda se constituiría a partir de otras coordenadas. En esta dinámica la lucha anticapitalista contra la explotación global y el colonialismo global, expuesta por Pablo González Casanova, pierde su anclaje socialista, democrático y transformador inmerso en la historia de la "vieja" izquierda occidental. Una nueva izquierda sin referentes históricos, ajena a las luchas democráticas desarrolladas durante más de un siglo, y cuyas señas de identidad son el rechazo a la memoria de los movimientos sociales y políticos que anteceden a su advenimiento, sólo es símbolo de su propia mediocridad. El desafío por romper esta dicotomía nueva-vieja izquierda puede abrir las puertas a una síntesis en la que desaparezcan los fantasmas que atormentan al pensamiento crítico.

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