Gente Alternativa - Mediocridad, espejo del presuntuoso - Globalización, Ecología, Derechos Humanos y Sociedad

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Mediocridad, espejo del presuntuoso

por Manuel Cruz   /   publicado en Clarín

En política o en cultura, la calificación de los otros como mediocres pone de manifiesto la afirmación de la propia identidad en base a negársela a los demás.

Hace unos años parecía estar de moda en España hablar de la mediocridad. Fue en los primeros compases de la democracia, hacia finales de los setenta. Irrumpía una nueva generación de políticos, desconocidos por la inmensa mayoría de los miembros de la sociedad, con un aspecto y una manera de comunicar ciertamente diferentes de los de la generación anterior —franquistas o, en el mejor de los casos, conservadores moderados—. Aquel desaliño formal o aquel lenguaje sencillo y directo de los recién llegados nada tenían que ver con el engolamiento y la severidad de la clase política saliente, que se apresuró a calificar de mediocres a quienes venían a relevarles.

El término ha entrado en desuso en ese ámbito (la ciudadanía parece haber caído en la cuenta de que la imagen de mediocridad —al igual que la presunta ausencia de carisma, dicho sea de paso— tiende a desvanecerse cuando el presunto mediocre alcanza el poder), pero continúa muy vigente en otros. Por ejemplo, en el mundo de la producción cultural.

En concreto, en las empresas del sector cultural todavía es frecuente una consideración peyorativa de los destinatarios de sus productos. Una de las argumentaciones más socorridas por parte de responsables de editoriales, de emisoras de televisión o de radio, o de periódicos es aquella que intenta justificar la escasa calidad de sus productos aduciendo una supuesta presión del propio público, que es quien, según ellos argumentan, reclama programas basura, prensa amarilla y best-sellers de usar y tirar.

Cuando tropiezo con ese tipo de argumentaciones no puedo evitar acordarme de dos testimonios complementarios: por un lado el de Steven Spielberg y, por otro, el del gran actor español Fernando Fernán Gómez (español aunque nacido en Buenos Aires, por cierto). Spielberg, director de cine al que le podrán convenir muchos adjetivos pero en ningún caso el de mediocre, ha explicado el planteamiento que él se hace a la hora de realizar un proyecto cinematográfico. Piensa en el tipo de película que le gustaría ver e intenta llevarla a cabo, sin más complicaciones. El modelo contrario vendría representado por aquella experiencia que relataba en cierta ocasión Fernán Gómez: tras haber realizado unas cuantas películas de éxito, creyó que ya conocía los trucos y secretos del cine, y que se encontraba en condiciones de confeccionar un producto que, aunque a él no le agradara, respondiera con toda seguridad a los gustos de los espectadores. Se puso manos a la obra, y el resultado fue un enorme fracaso.

Si la anécdota se dejara transformar en categoría, la podríamos formular con las siguientes palabras: conecta con el público aquel que, desde una posición de humildad, se hace un razonamiento extremadamente simple, a saber, yo soy una persona muy normal, luego aquello que me guste a mí gustará al grueso de la sociedad. Por el contrario, el que, presuntuoso, desdeña la mediocridad del público y se dedica a ofrecerle productos a la medida de su desdén es altamente probable que nunca consiga entender bien lo que se trae entre manos.

No se malinterprete lo que pretendo decir. No niego la evidencia de que tanto en España como en Argentina existen, y en algún caso obtienen notable éxito, programas, libros o periódicos que a duras penas alcanzan niveles de calidad aceptables. Lo que intento plantear es que la razón de su éxito no tiene que ver solamente con la existencia de un público de una determinada (y baja) calidad. Es un error perseverar en la idea de que existen públicos rotundamente diferenciados (en lo sustancial, el gran público y el público culto), a modo de universos separados y sin comunicación alguna entre sí. Cuando un producto de escaso nivel obtiene un gran éxito, lo que ello significa (si no, no salen los números) es que ha conseguido atrapar también a un sector importante del otro universo, que hay algo en dicho producto que, con independencia de la voluntad de sus programadores, conecta con sectores distintos a aquellos para los que fue pensado. O que a tales sectores, más cualificados, no se les ofrecen productos efectivamente a su medida.

Repárese en que este planteamiento, lejos de cargar de razón a los desdeñosos que sólo ven mediocridad en su entorno, deja más en evidencia lo equivocado de su apreciación. Porque pudiendo plantearse unos productos de diferente entidad, son incapaces de la más mínima apuesta. Tal vez sea porque aquel otro gesto, aparentemente simple personificado en Steven Spielberg, de asumir la propia normalidad y actuar en consecuencia resulte complicado en extremo, y haga falta estar muy reconciliado con uno mismo para no necesitar recurrir al expediente de afirmar la propia identidad a base de negársela a los demás.

Pero ya que empecé estas líneas hablando de política, me concederán que las concluya de la misma manera. Más aún: les pido que me permitan darles un pequeño consejo, sin más autoridad que la que me proporciona haber pasado, como todos mis compatriotas, por una experiencia parecida. Si en algún momento (espero que próximo) la sociedad argentina puede plantearse verdaderamente la renovación de su clase política, estén atentos. Desconfíen, aunque sólo sea por si acaso, de quienes se dediquen por sistema a acusar de mediocres a sus nuevos adversarios: probablemente no exista prueba más contundente de la condición de mediocre del propio acusador. (Era un consejo fácil: la humildad es un valor seguro).

Manuel Cruz. CATEDRATICO DE FILOSOFIA, UNIVERSIDAD DE BARCELONA.

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