Gente Alternativa - La manifestación nuestra de cada día - Globalización, Ecología, Derechos Humanos y Sociedad

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Tribuna de Oradores

La manifestación nuestra de cada día

por Marcos Aguinis   /   publicado en La Nación

Hace unas décadas, mientras hacía mi posgrado en Alemania, fui sorprendido por una manifestación estridente en Berlín Occidental. Avanzaban jóvenes y adultos con pancartas y banderas multicolores correspondientes a diversas franjas de opinión. Pregunté a un agente de policía qué criticaban. El hombre a su vez me miró interrogativo:

-¿Qué día es hoy? ¿Martes?

Extrajo de su bolsillo una libreta y me contestó con sonrisa indulgente:

-Se manifiestan contra Trujillo. La semana que viene será contra Somoza. Y luego, contra Pérez Jiménez.

Pensé: "¡Hasta en esto son organizados!"

Me quedé contemplando a la multitud enfervorizada, que tardó horas en desconcentrarse. La admiré por destinar tiempo y pasión a la causa de la democracia en América Latina. Más tarde, mientras cenaba con un amigo, pergeñé otras reflexiones. Una que no olvido es que en aquellos años Alemania se dedicaba a reconstruirse con envidiable disciplina y hacía buen uso de los dineros que llegaban por vía del Plan Marshall. Pero los conflictos internos resultaban débiles y no hacían hervir la sangre: la gente necesitaba concentrarse en los de ultramar, que galvanizaban por mostrarse en blanco y negro, con ángeles y villanos claramente definidos. Ambas cosas me parecieron convenientes y dije que ojalá llegase el día en que a nuestros oprimidos pueblos de América Latina les sucediera igual: que por un lado hubiese un disciplinado progreso y por el otro solidaridad con las buenas causas.

¿Valor plebiscitario?
Las manifestaciones son ahora moneda corriente. Las hay muy poderosas y en varios casos no sólo logran hacerse temer, sino que perturban con fuerza homérica a personajes o instituciones que en otra época parecían intocables. Muchas de ellas ya son históricas. Fue muy importante, por ejemplo, la realizada hace poco en Florencia contra la invasión a Irak. Medio millón de personas se lanzó a las calles para defender la paz. Es admirable, desde luego.

A esto último se refirió una pregunta al término de mi exposición en la Casa de América, en el centro de esta ciudad. El auditorio atribuía a las manifestaciones multitudinarias no sólo la voluntad de la ciudadanía, sino su maciza razón. Equivalían a un plebiscito que los gobiernos debían acatar.

No obstante, hice memoria e invité a seguir pensando. Recordé que unas décadas atrás en la Argentina solía afirmarse que "el pueblo nunca se equivoca", aunque su tendencia fuese autodestructiva. Y que las manifestaciones no siempre conforman un catálogo de aciertos, sino que muchas veces responden al oportunismo, la manipulación mediática, intereses inconfesables o ideologías petrificadas. Por ejemplo, en el mundo ahora se adopta el "cacerolazo argentino" (así llamado, aunque en él nos haya precedido Chile) en forma bastante acrítica. Porque el cacerolazo estalló cuando fue tocado el órgano más sensible de la gente, que es el bolsillo. Sólo entonces.

Acepto que el despojo fue salvaje y nos afectó a casi todos los habitantes, incluido el que suscribe. Pero debemos ser honestos y reconocer que antes no hubo cacerolazos. Ni contra la megacorrupción de los años 90 ni contra el aumento de los miembros de la Corte Suprema ni por la existencia de "diputruchos" ni por las coimas en el Senado ni por los ñoquis ni por el aumento desenfrenado del gasto público, que chupó el crédito que debía dirigirse a la producción, ni por tantas otras cosas que provocaron la decadencia nacional. Contra todo eso, ni un solo cacerolazo.

Aseguré que me conmovían las manifestaciones en favor de la paz. Soy pacifista desde que tengo uso de razón. Me exalta que ahora Europa esté cansada de guerra. Es obvio que personalidades como Bertha von Suttner, Jean Jaurés, Romain Rolland y Stefan Zweig, que sufrieron persecución y calumnias por sus valientes denuncias contra la locura criminal de las conflagraciones y que por ello tuvieron que padecer la absurda etiqueta de cobardes traidores a la patria, se sentirían felices. Pero nos harían ciertas incómodas preguntas.

Entre otras cosas, preguntarían por qué en las manifestaciones por la paz sólo se señala al ignorante y fascistoide presidente George W. Bush y nada se dice sobre el pobre cordero llamado Saddam Hussein, que oprime a su pueblo desde hace décadas, usó gases contra los kurdos e iraníes, y degüella al menor atisbo de oposición. ¿No es como volver a 1938, cuando se exigía a Francia y Gran Bretaña que no asfixiaran al patriótico Hitler por sus demandas de espacio vital? Las concesiones debían ser de un solo lado, del lado de las democracias, claro, porque las dictaduras son dictaduras -son así- y no corresponde pedirles nada. Chamberlain y Daladier se jugaron en favor de la concordia y dejaron que Hitler siguiese adelante para, de esa manera, asegurar la paz del siglo... ¡Bravo!

En ese momento dije a la atenta audiencia que seguía mis palabras que extrañaba el tiempo en que las manifestaciones europeas apuntaban sus moharras contra los dictadores de mi sufrido continente latinoamericano. Les recordé la anécdota con la que empecé esta nota. Confesé que extraño esas manifestaciones, porque ya no las hay contra las dictaduras. ¿O es que desaparecieron del planeta? No hay por las calles de Europa columnas de gente contra Saddam Hussein ni contra Khadaffi ni contra las "presidencias hereditarias" de tantos países sumidos en la ignorancia y el despojo.

No hubo manifestaciones en España contra la reciente visita (obscena) del rey Fahd de Arabia Saudita, cuando aterrizó en Marbella con aviones llenos de sirvientes para disfrutar unas vacaciones que significaban el expendio de cinco millones de dólares diarios. Repito para los incrédulos: cinco millones de dólares ¡diarios! No hubo manifestaciones contra semejante exhibicionismo, ni exigencias para que esa suma fabulosa se destinase a mejorar el destino de millones de árabes y musulmanes hundidos en la privación y cuyo alimento es el odio a sus "verdaderos" enemigos, que no incluyen, por supuesto, ni a las familias reales ni a otros líderes de la misma ralea.

No hay manifestaciones contra la corrupción que sopla como viento emponzoñado en casi toda Africa y gran parte de Asia. Por supuesto que en su momento no se organizaron manifestaciones contra Idi Amín, el dictador de Uganda, por incluir carne de sus víctimas en los banquetes y que después gozó de protección en países de estricta dieta islámica. No, contra ellos no se grita. No son el imperialismo ni la globalización ni la modernidad. Son los emblemas respetados hasta la náusea por quienes dicen luchar en contra de la injusticia en el mundo.

Lamenté decir que esas manifestaciones me están decepcionando. No juegan limpio. Son la expresión de ideologías maniqueas que deben poner en convulsión los restos de luchadores como Voltaire, Rousseau, Karl Marx, Rosa Luxemburgo, Franz Fanon, Thomas Mann, Albert Camus, Albert Einstein, Martin Buber, Albert Schweitzer, Itzhak Rabin, Olof Palme, Juan XXIII y tantos otros que se jugaron en serio por la equidad y la fraternidad en este mundo, al margen de las corrientes de moda, casi siempre anilladas de esclerosis, y que se manifiestan sin un ojo y sin un pie.

El último libro de Marcos Aguinis es 'El atroz encanto de ser argentinos'.

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