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El imperialismo del petróleo

por Walter Laqueur   /   publicado en La Vanguardia

Oskar Lafontaine, que fue ministro de Economía alemán, ha descubierto la auténtica razón de la crisis de Iraq: se trata del imperialismo del petróleo, que quiere contar con garantías de suministro de petróleo barato en el futuro como las tuvo en el pasado. Considera que todas las demás razones aducidas no son más que pretextos. La verdad es que no se trata de un descubrimiento muy original; la idea se repite cada día miles de veces. Se nos dice que el imperialismo del petróleo está detrás –hoy no, mañana sí– de las crisis del mundo; que es la ominosa fuerza que acecha en la penumbra, que es el verdadero imperio del mal. La noción de imperialismo del petróleo es, para la izquierda, lo que son los judíos y francmasones para los neofascistas: los verdaderos dueños del mundo, omnipresentes, omnipotentes, aunque siempre en la sombra. El eslogan del imperialismo del petróleo se remonta a dos libros de los años veinte del siglo XX cuyos autores fueron Louis Fischer y Scott Nearing respectivamente. Ambos eran norteamericanos y comunistas en aquella época. Ninguno de ellos era experto en economía y política del petróleo, lo que sin duda les fue de ayuda para escribir sus libros. Fischer (a quien conocí bastante bien) se convirtió, después de muchos años en Moscú, en un anticomunista y escribió una biografía de Gandhi. Scott Nearing fue expulsado del partido comunista porque su teoría acerca del imperialismo no concordaba en absoluto con la de Lenin. Más tarde se convirtió en un vegetariano teórico, escribió una obra con consejos para vivir cien años y, para demostrar la corrección de su teorías, vivió hasta esta edad.

¿Cuál era la verdad detrás de estas sombrías sospechas?

Las grandes compañías petrolíferas como la Standard Oil y la Royal Dutch Shell ganaron mucho dinero desde temprana fecha y se mezclaron asimismo en intrigas políticas. Trataron de repartirse entre ellas los yacimientos petrolíferos y de establecer los precios. Fue la época del misterioso armenio portugués Calouste Gulbenkian y de Henri Deterding, el holandés que había apoyado económicamente en cierta medida a Hitler (aunque no había petróleo en Alemania).

Sin embargo, políticamente, las Siete Hermanas –como se las llamó– contaron muy poco. Cuando el presidente Cárdenas, de México, nacionalizó las compañías petrolíferas en los años veinte del siglo XX, todas estas poderosas empresas hubieron de aceptarlo y ni siquiera pudieron alzar la voz. Cuando Venezuela y otros países nacionalizaron las compañías petrolíferas años más tarde, éstas no pudieron hacer nada para oponerse. El gobierno estadounidense intentó mediar en Irán cuando Mossadeq accedió al poder después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ello guardó más relación con la sospecha de que era prosoviético y, en cualquier caso, el petróleo iraní fue nacionalizado y siguió nacionalizado por más que Mossadeq resultara derrocado.

Las compañías petrolíferas comprendieron perfectamente que no eran suficientemente fuertes como para constituir un factor importante del mundo contemporáneo y, además, que los países productores de petróleo, en cualquier caso, habrían de vender su petróleo. Es verdad que hubo una guerra desencadenada por la aspiración a controlar yacimientos petrolíferos: fue la ocupación de Kuwait por parte de Saddam. Después de rápidos incrementos del precio del petróleo en los años setenta, el precio había descendido bruscamente en los años subsiguientes, y Saddam juzgó que teniendo en sus manos el 40% de la producción mundial de petróleo, no sólo mejoraría su situación económica, sino que reforzaría enormemente su posición política. Fue un cálculo equivocado, dado que su ataque contra Irán y los campos patrolíferos iraníes había fracasado.

Si se examina la situación petrolera mundial actual, pueden detectarse numerosos errores y motivos de inquietud. El petróleo, como todo el mundo sabe, es un bien limitado y la mayoría de los expertos coincide en que la producción de petróleo llegará a su punto culminante en el próximo decenio y seguidamente iniciará un declive continuado. En tales circunstancias, la dependencia del mundo industrializado respecto del petróleo es todavía excesiva, y la transición hacia otras fuentes de energía, excesivamente lenta. La cifra de vehículos deportivos todoterreno aumenta continuamente por más que estos devoradores de gasolina no son más que un símbolo de categoría y provocan un derroche irresponsable. Sin embargo, hay que achacarlo más a las autoridades y a los consumidores que a los productores de petróleo.

Si el Gobierno estadounidense aplicara impuestos más elevados sobre el petróleo (reconózcase que se trata de una política muy impopular pero sin embargo imperiosa) y redujera a la vez su dependencia del petróleo de Oriente Medio, se vería fortalecida en gran medida su posición internacional. Esta omisión es uno de los numerosos errores de las sucesivas administraciones en Washington por el que las futuras generaciones habrán de pagar un precio muy caro.

Grandes fortunas se han edificado sobre la industria del petróleo incluso en los últimos decenios, por más que los nombres de Rockefeller y Gulbenkian se conozcan mejor debido a que las fundaciones que los llevan sufragan museos, orquestas y otras iniciativas culturales.

Entre tanto, persiste el mito del gran poder de las compañías petrolíferas como agresores imperialistas y belicosos entre la extrema izquierda y la extrema derecha, y también entre estos dos extremos.

Resulta doblemente irónico, porque –lejos de comportarse de un modo belicista– estas compañías han destacado en un comportamiento apaciguador con respecto a los países productores. Poseen un interés vital en el mantenimiento de la situación existente porque la guerra es mala para los negocios. Se han mostrado contrarias (para dar sólo un ejemplo) a Israel desde el principio no por razón ideológica alguna, sino porque algunos de los estados árabes e Irán tienen muchísimo petróleo, e Israel carece de él. Por tanto, tienen más cosas en común con los contrarios a un cambio político en Bagdad que con quienes se proponen la eliminación de las armas de destrucción masiva de una u otra forma.

Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.
Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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