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Las tácticas manipuladoras de Osama ben Laden

por Guy Sorman   /   publicado en La Nación

Poco importa si está vivo o muerto. La estrategia definida por Osama ben Laden, y que su movimiento aplica sin pausa, va alcanzando todos sus objetivos. Curiosamente, el bando occidental se deja manipular: devuelve los golpes como si esa estrategia no existiera o sin preguntarse cuáles son sus metas. Ahora bien, para la gente de Ben Laden el terrorismo no es un fin, sino un instrumento al servicio de una ambición. ¿Qué ambicionan? ¿Qué victoria buscan?

Salta a la vista que el objetivo de los atentados perpetrados contra los norteamericanos, franceses y australianos, y los que desbarataron los británicos, no fue conquistar Estados Unidos, Francia, Australia o Gran Bretaña. La estrategia de Ben Laden no apunta a tomar el poder en esas naciones no islámicas, sino en los países clave del mundo musulmán, principalmente Arabia Saudita, los emiratos del Golfo Pérsico, Paquistán, Malasia, Indonesia. El Estado saudita tiene prioridad por su simbolismo (alberga los dos lugares sagrados del islam) y sus recursos: los dueños de Arabia Saudita son los amos del mundo musulmán y del petróleo. Los objetivos secundarios también son naciones clave, ya sea por sus riquezas o porque constituyen centros de civilización, como Paquistán o Indonesia.

Esta voluntad de conquista no encaja en un comportamiento clásico de tipo occidental o imperialista. Ben Laden sigue una lógica religiosa, enraizada en la larga historia del islam. Desde la toma de Bagdad por los mongoles, en 1258, y la subsiguiente caída del Califato, una corriente de pensamiento iniciada por Ibn Tamiya, un filósofo del siglo XIII, postula la reconstrucción de ese Califato único. Fundador del islamismo extremo, padre espiritual de todos los fundamentalistas modernos, Ibn Tamiya invita a luchar contra aquellos tiranos que dicen pertenecer al islam pero no serían musulmanes auténticos. En esta categoría de apóstatas entrarían Anwar el-Sadat (cuyo asesinato se justificó invocando la doctrina de Ibn Tamiya), la monarquía saudita, los emires árabes y los líderes occidentalizados, como los de Argelia, Indonesia y Paquistán. Cabe subrayar que esta tradición fundamentalista, en la que se sitúa Ben Laden, no es más genuinamente musulmana que otras que dicen lo contrario, porque en el islam nadie está facultado para hablar en nombre de todos los musulmanes. El islam es una religión "protestante", un hervidero de millones de sectas, todas sinceras y, por tanto, "verdaderas".

Camino poco explorado
Ben Laden sabe que para lograr sus fines debe evitar el enfrentamiento directo con los Estados que, gracias a sus alianzas occidentales, poseen los medios para rechazar una agresión militar clásica. Su estrategia consiste, pues, en hacerles perder el apoyo de Occidente. Estima que la legitimidad interna de estos regímenes es débil (suposición a menudo acertada) y cree que los derrocará fácilmente no bien queden aislados.

Arabia Saudita parece ser el laboratorio de esta estrategia. El atentado del 11 de septiembre pretendió demostrar a Estados Unidos que su alianza con los sauditas era demasiado costosa. Ben Laden puede felicitarse: obtuvo el resultado buscado. En Estados Unidos se multiplican las tomas de posición contra el régimen saudita. De pronto, los periodistas descubren que no es democrático, que oprime a la mujer y que ciertos sauditas financian a Ben Laden. Occidente parece tentado a abandonar a la familia real, así como abandonó al sha de Irán en 1979. Ben Laden se convertiría entonces en el Khomeini de esta nueva revolución islámica. ¡Con lo cual, tanto los árabes como los occidentales saldrían perdiendo!

¿Cómo liberarnos de este dilema? Por un lado, Occidente sostiene regímenes raramente democráticos y poco legítimos a ojos de sus propios pueblos; por el otro, si los abandona, los países musulmanes caerán en manos de fanáticos.

Queda un camino, poco explorado hasta ahora: acompañar una evolución democrática de las naciones musulmanas para fortalecerlas desde dentro contra una revolución fundamentalista. Esta alternativa exigiría de nosotros, los occidentales, un súbito despertar intelectual: somos demasiado propensos a suponer que el despotismo es un régimen bastante bueno para los musulmanes. Desde Argelia hasta Paquistán, y sin que les remuerda la conciencia, los gobiernos occidentales sostienen regímenes autoritarios que demuestran ser tan incapaces de ganar elecciones limpias como de liderar el desarrollo económico. En todos estos países, un índice de crecimiento nulo provee en forma masiva de reclutas a los Ben Laden. Me pregunto si no es ilusorio depositar nuestra seguridad a largo plazo en semejantes alianzas.

Turquía, el laboratorio
Pero en los mundos musulmanes, ¿hay demócratas y liberales a quienes podamos mantener y que serían más legítimos que los déspotas? Esta es una objeción constante entre los occidentales, que en realidad saben poco o nada de las corrientes del pensamiento musulmán. La voluntad de conciliar el islam con la modernidad se manifestó en Egipto, Turquía, Túnez, India y Java desde comienzos del siglo XIX. A partir de la década de 1950, este movimiento progresista ya no se basó en el Corán sino en los golpes de Estado militares y las ideologías nacionalistas y marxistas de aquella época. A las naciones musulmanas les cuesta recuperarse de este viraje que nada debe al islam y, en cambio, les debe todo a las ideologías contemporáneas.

La respuesta justa a la estrategia de Ben Laden sería, pues, tender la mano a todos cuantos procuran reanimar la síntesis entre el islam y la modernidad. Turquía, con su nuevo gobierno democrático musulmán, es un primer laboratorio. Estos musulmanes progresistas y liberales, presentes en todo el islam, a veces en prisión o en el exilio, son nuestros verdaderos aliados contra el fanatismo. Y, a la larga, son los mejores garantes de nuestra seguridad.

El autor es profesor del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de París.

Traducción de Zoraida J. Valcárcel

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