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Lula y la pelea por la equidad

por Felipe González   /   publicado en Clarín

El futuro presidente de Brasil defiende la necesidad de respetar los compromisos internacionales de pago sin olvidar las expectativas de desarrollo de su pueblo.

He tenido la oportunidad de contrastar, sobre el terreno, el estado de ánimo con que se espera la asunción de la presidencia del Brasil por parte de Luiz Inacio da Silva.
Es razonable imaginar el impacto de la elección de una personalidad como Lula da Silva para dirigir el destino de un país-continente que condiciona el devenir de toda América del Sur.

¿Cuáles son los elementos que subyacen a la crisis de la región, desde Argentina a Venezuela, tocando el Caribe, Centroamérica y México?

En la dimensión económica, se puede afirmar que las oleadas de reformas de los 90 no han facilitado la redistribución del ingreso ni en las épocas de crecimiento del producto, ni han fortalecido las economías. No ha habido desarrollo.

Durante todo el período la pregunta dominante ha sido si era compatible el crecimiento, que se suponía iba a derivarse de las políticas neoliberales aplicadas, con la equidad social.

Ahora la opinión se divide entre los que tratan de mostrar que el único camino es más de lo mismo, los que tratan de preservar lo más razonable de las políticas económicas contenidas en el Consenso de Washington —pero buscan una vía específica para conseguir un desarrollo socioeconómico para la región— y los decididos a romper con todo sin temer los desastres del populismo demagógico.

A Lula lo encontramos en una vía de responsabilidad que defiende la necesidad de responder a los compromisos de pago de su país, de mantener una macroeconomía sana, pero sin renunciar a lo que ha sido la base de su triunfo: la esperanza de un futuro mejor para la mayoría social.
A pesar de que los mercados han descontado el "efecto Lula" hasta la irresponsabilidad de hacerle muy difícil la administración de su triunfo democrático, el denostado dirigente ha mantenido la serenidad.
Cuando me han reiterado, en Brasil y Chile, la famosa pregunta sobre la compatibilidad entre crecimiento económico y equidad, he intentado invertir los términos de la cuestión. ¿Es posible un crecimiento sostenido sin una redistribución razonable del ingreso? No conozco ningún país central que haya recorrido el camino del desarrollo sin una consistente redistribución del ingreso, o lo que sociológicamente se define como un fuerte desarrollo de las clases medias.

Y en la respuesta a esta aparente contradicción se juega el futuro de América latina y de otras zonas emergentes. Pero desde el principio la pregunta sobre compatibilidad de crecimiento y equidad aparece como relativamente tramposa, porque coloca el crecimiento en el terreno de lo científico —reglas que han de cumplirse para conseguirlo— y la equidad en el dominio de los valores morales.

Así, la pretendida superioridad de los valores morales sucumbe sistemáticamente ante la argumentación "rigurosa y científica" de las condiciones del crecimiento. Cual si fueran neomarxistas, los neoliberales, colocan las "condiciones objetivas" del crecimiento como fase previa a las políticas de equidad, que siempre deben esperar a que les llegue el momento del reparto. La gente en América latina comprueban que vota siempre por programas de desarrollo que mejoren sus condiciones de vida, su educación, su salud, para soportar a continuación políticas concretas de ajuste a su costa.

Sin embargo, las economías internas de la región no han mejorado con esas políticas, sus mercados no se han fortalecido, sus empresas no son más relevantes.
El llamado problema de la equidad social, además de su dimensión moral, solidaria, es tan económico como el del crecimiento. Sin economías internas fuertes, con un reparto del ingreso que mejore la capacidad de compra de las mayorías sociales, América latina no encontrará el camino de salida hacia el desarrollo. Y en esa ruta, la educación y la formación, la atención sanitaria y la vivienda, así como el desarrollo de las infraestructuras y los servicios, forman parte del paquete redistributivo imprescindible.

En un momento como éste, con las economías de los países centrales en crisis, los mercados externos para los emergentes se han puesto aún más difíciles. Si sus economías internas siguen siendo tan débiles como consecuencia de un reparto del ingreso tan desigual que margina a amplísimos sectores de la población, no parece posible recuperar la esperanza.
Lula quiere atender su economía interna y la economía de la región, y su propósito me parece impecable. Pero si los analistas, calificadores de riesgo, entidades financieras internacionales, creen que este camino no es el correcto y que debe centrarse exclusivamente en el ajuste, pueden hacerlo fracasar, por muy en serio que quiera tomarse la salud de su macroeconomía. Al tiempo, tengo la convicción de que si el nuevo dirigente sólo dedica su atención al ajuste, sin una mirada hacia los elementos del desarrollo, también puede fracasar.

Por eso la disyuntiva brasileña se ha convertido en un rompeaguas que marcará el futuro de ese gran país, pero también el de otros muchos en la región.

Felipe González. Ex presidente del gobierno español.
Copyright Clarín y Felipe González, 2002.

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